Y llegó Chloé Lacan

Un acordeón, un piano y una voz, la de Chloé Lacan. Pero con ella sobre el escenario nada es lo que parece, y lo que en un principio parecía la voz melosa de una vieja canción francesa, se torna luego en el poderío vocal de una mezzosoprano o en la voz rasgada de un tango de los bajos fondos. Uno y mil registros a partir una sola voz. Y el acordeón… a veces es acordeón, y a veces el eco lejano de un tren que se acerca, y a veces la bocina brumosa de un transatlántico que avisa de su llegada a puerto.

Llegó. Chloé llegó al público mediante una mezcla imposible de idiomas, aunque fue con el de los gestos, las miradas y la música que brotaba de los cientos de botones de su acordeón cromático con el que conquistó a los presentes, que fueron perdiendo la timidez a medida que fue avanzando el espectáculo. Canciones originales, canciones de otros, canciones improvisadas, pero todas suyas porque todas acababan aliñadas con ese toque personal suyo que, la próxima vez que las escuchas, te hace dudar de su autoría. Como el clásico de Gloria Gaynor, “I will survive”, que se convirtió en la boca de Lacan en un atropellado sinfín de palabras que dejó sin respiro al auditorio, que rompió en aplausos. O como cuando cogió un ukelele y bajó del escenario, y de lo que teóricamente iba a ser una pequeña canción hecha con una pequeña guitarra, pasó a dejar al público anodadado, otra vez, con una larguísima e improvisada canción a partir de dos palabras que el azar quiso que fueran “cirugía estética”.

Un espectáculo divertido, diferente, sorprendente. Si Chloé Lacan tiene a bien visitarnos otra vez, no os la perdáis.

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